Decíamos que radiactividad es lanzar algo en la dirección del radio. Que los núcleos de algunos elementos químicos se desintegran espontáneamente, como con una explosión, y por eso lanzan en la dirección del radio productos de la desintegración. Se dice por eso que son radiactivos.
Ya hemos dicho también que el número de átomos que se desintegran cada segundo indica la velocidad de desintegración de una trozo de material radiactivo. Pero que en vez de decirlo así, se dice que la actividad radiactiva de ese trozo de material es tantos becquerelios (tantos átomos que se desintegran cada segundo). Es decir, un becquerelio significa que se desintegra un átomo por segundo.
Si se tiene un trozo de material radiactivo, el número de sus átomos que se desintegran por segundo depende del material radiactivo de que se trate, de si es uranio o granito, por ejemplo, pero también de lo grande o pequeño que sea el trozo. Si es grande hay más átomos que pueden desintegrarse, por lo que la actividad radiactiva es mayor cuanto más grande sea su masa. Así, se puede conseguir que un trozo de granito tenga la misma actividad radiactiva (los mismos becquerelios) que un trozo de uranio, o incluso más. Basta para ello aumentar el tamaño del trozo de granito hasta conseguirlo.
Es decir, la actividad radiactiva, los becquerelios, dependen de la masa del material. Pero, con la misma masa, el granito tiene menos actividad radiactiva que el uranio. Es decir, necesitamos un número que nos diga qué materiales son más fuertes radiactivamente que otros.
Resulta que los materiales radiactivos tienen una curiosa propiedad, que es la siguiente: si contamos los átomos de material radiactivo que hay ahora, y dejamos pasar el tiempo, el número de átomos de ese material va disminuyendo por causa de la desintegración. Podemos esperar a que ese número de átomos sea la mitad de los que había inicialmente y medir el tiempo que ha transcurrido. Si volvemos a repetir el experimento con otro número inicial de átomos radiactivos distinto del anterior, pero del mismo material, veremos que el tiempo que ha de transcurrir para que quede la mitad es el mismo que antes. Y así sucesivamente.
Es decir, cualquiera que sea el número de átomos de un mismo elemento radiactivo de que se parta, el tiempo que tiene que transcurrir para que ese número de átomos se reduzca a la mitad siempre es el mismo, sean pocos o muchos los átomos de partida. Pues bien, ese tiempo se llama periodo de semidesintegración, y es una característica de cada elemento radiactivo. Desde luego, un elemento que tenga un periodo de semidesintegración grande significa que tiene baja radiactividad. Periodo de semidesintegración infinito significa que el elemento no se desintegra. El uranio 235 tiene un periodo de semidesintegración de más de 700 millones de años. Eso significa que debe transcurrir ese tiempo para que un número cualquiera de átomos de ese uranio se reduzca a la mitad.
En Coeficiente de amortiguamiento, constante de tiempo y periodo de semidesintegración hemos escrito sobre el tema con algo de matemáticas.






Muy bueno el artículo, Félix. Y sobre todo, como siempre, muy claro.
Esto me recuerda a una charla a la que asistí en la que el conferenciante cogió un trozo de uranio en la mano, sin protección de ningún tipo, y nos dijo que eso era menos peligroso que el hecho de vivir donde vivíamos: en una zona granítica.
Ahora, con este artículo, me he enterado bien de por qué lo decía.
¡Gracias!
Muy fácil de entender el artículo Félix. Muchas gracias por el esfuerzo. No debe ser fácil hacerlo comprensible para el público en general. Es un buen ejercicio de simplificación de las cosas aunque sé que te debe llevar tiempo.
Queda claro lo que es la semidesintegración aunque no me figuro cómo se puede medir (¿con qué?) y llegar a saber que una cosa se semidesintegra en 700 millones de años. ¿Y qué sucede cuando se produce? ¿Se reduce de pronto a la mitad el uranio?