Los gobernantes son y siempre han sido un problema para la sociedad, y muchas veces incluso para la vida. Alejandro Magno consiguió su grandeza por sus conquistas, es decir, por dedicarse al saqueo, a la desolación y a la muerte de los que decidió someter. Los hogares que arrasó, los miles de exterminados son presentados como victorias por muchas historias, y la imposición de la lengua griega en los territorios conquistados es unificación cultural para esas historias.
El conde, el señor del lugar era para los siervos de Europa impuestos arrebatados por la fuerza, y guerras a las que tenían que ir ellos y sus hijos también a la fuerza. Contra la arbitrariedad, el progreso hacia el estado de derecho democrático trata de ir quitando poder a los gobernantes y dárselo a la ley hecha por todos. Pero, a la vez, una obsesión de los que llegan con enfermedad de mando a los cargos es saltarse las leyes que limitan su voluntad. Por eso no siempre los estados democráticos de derecho mejoran con el tiempo, sino que pueden retroceder o desaparecer a causa de los que creen que el cargo no es cumplir la ley, como juran al tomar posesión, sino hacer su capricho.
Cuando gente de esta clase se adueña de los resortes del estado se produce la inseguridad jurídica, que consiste en que uno nunca sabe lo que le puede suceder, porque lo que ahora es blanco al minuto es negro si el que manda así lo decide, y cada uno tiende a salvarse como pueda. Por eso la democracia ha de ser cuidada permanentemente evitándole al menos los males más visibles, entre los que están los gobernantes que creen que servir a los ciudadanos es mandar sobre ellos.
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